sábado, 23 de mayo de 2009

Pedro, el deforme

Los alaridos no se hacían esperar, la noche cada vez estaba más oscura, mientras Laura corría nerviosa por la banqueta de piedra, su vestido blanco azotado por el viento.

Al llegar a la oscura esquina un farol estalla por una descarga eléctrica, una mano cubre la boca de Laura y un cuerpo extraño la arrastra hasta un rincón en la calle. Siente ganas de desfallecer al ver a contraluz ese rostro deforme que tenía frente a ella.

Un hombre con la cara desfigurada y con unos grandes dientes chuecos y amarillos, sus ojos estaban llenos de locura. Pierde la conciencia al sentir la primera mordida en sus senos.

Al día siguiente el cuerpo descuartizado de Laura apareció tirado en la calle. Por la mañana muy temprano, la señora de la tienda de la esquina descubrió a una jauría de perros disputándose el cadáver.


Pedro, el deforme, se mece en su silla-mecedora en la azotea de su casa, un ser solitario, por su fea apariencia todos le huyen. No trabaja, nadie sabe cómo vive. Él si lo sabe, se alimenta de carne humana por las noches, su manjar nocturno.

Esperará, tranquilo, hasta que vuelva a sentir hambre, y saldrá por la noche.
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